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En la noche
Aldo Roque Difilippo
No pudo determinar cuando tuvo el primer síntoma, pero una noche creyó estar durmiendo junto a un enorme animal, sudoroso, mezcla de insecto con batracio. Se sobresaltó. Encendió la luz y todo era normal. Su mujer dormía sobre el costado derecho, dándole la espalda. La luz proyectaba sombras rotundas sobre el arrugado camisón de la mujer, que parecía una muerta de abandono a un costado del camino, con los cabellos semejando una maraña de alambres tirados en el piso sucio.
«Que sueño extraño», pensó Ramón. Aún le quedaba esa sensación, mezcla de pánico infantil e indefensión, conservando incluso cierta certeza en la piel de haber rozado algo gelatinoso y frío.
Volvió a dormirse, pero con los sentidos alerta, pues el corazón le palpitaba sin sentido, provocándole cierto sudor en las manos que lo hizo sentir incómodo. Al despertar, acosado por la campanilla del reloj, que amordazó de un puñetazo, le costó recordar aquel extraño sueño.
Se higienizó con mecánica pulcritud cotidiana, y al salir del baño ajustándose la corbata, percibió el olor penetrante al café que todas las mañanas su mujer le preparaba. Intercambiaron un par de monosílabos, casi las mismas frases del día anterior, mientras tomaba su café con pan con mermelada. Su mujer bostezaba apoyada al fogón de la cocina.
Acordaron que hoy no volvería a la hora del almuerzo, debía concretar un par de negocios en el centro, y a primera hora de la tarde debía estar en el otro extremo de la ciudad en una reunión ineludible. A la noche cenarían juntos, siempre que no surgiera algún inconveniente.
Su mujer lo despidió con un beso junto al zaguán, y volvió al calor de las sábanas.
El día para Ramón transcurrió con los sobresaltos normales de su actividad, en tanto su mujer gastó la jornada en medio de la cotidianeidad hogareña, plumero y escoba en mano en esa casa que últimamente le resultaba inmensa.
«Los sueños -pensó Ramón- siempre nos dejan esa extraña sensación, mezcla de realidad incontrovertible y vaguedad, que nos llevan a pensar si fueron producto de nuestra imaginación o si realmente sucedieron, y es nuestra mente la que rehuye a recordarlos».
Almorzó frugalmente y sin convicción en un bar cerca de la una de la tarde, y al encender un cigarrillo como corolario de aquel ritual diario, revisó su agenda. Hoy llegaría nuevamente tarde a casa, y seguramente su mujer lo esperaría frente al televisor con la cena pronta para recalentarse en la hornalla de la cocina. Ella a esa hora ya no lo acompañaría, pues luego le sería imposible conciliar el sueño con tanto peso en el estómago.
La jornada para Ramón fue una sucesión de incompatibilidades. Los negocios no se concretaron y la reunión de trabajo fue una seguidilla de desencuentros con sus compañeros y el jefe. Parecía que todo seguía un destino contrario a su suerte.
Llegó cansado. Agobiado por la corbata y el dolor en las piernas, entumecidas por la caminata y la asfixia que le provocaba ese maldito par de medias comprado de oferta por su mujer, que le ceñían las pantorrillas.
Fue regando la casa de prendas y efectos personales: las llaves sobre el bargueño, los zapatos y medias en el baño, el pantalón la camisa y la corbata sobre la cama, el portafolios en quién sabe dónde; y se dejó caer en la silla de la cocina, en calzoncillos, a devorar su cena con la vista clavada en el gratificante blanco de la heladera.
Después se sentó en el sillón del living, dormitando frente al televisor, asintiendo con la cabeza al monólogo de su mujer.
La voz del televisor, que emitía un programa de inaudita banalidad, se confundía con la de su mujer, y él contestando con gestos, sonrisas, o frases telegráficas para continuar con la mente ocupada en no pensar en nada.
Como si todo estuviera cronometrado, la pareja sin decir nada, se levantó al unísono. Uno apagó el televisor, el otro revisó las puertas y las luces. Uno se cepilló los dientes mientras el otro daba cuerda al reloj despertador, esperando su turno y, sincronizadamente, se dejaron caer sobre la cama, roncando en un dúo perfecto. Un ensamble de movimientos practicado por más de veinte años.
Tanto los unía la rutina que esta sucesión de movimientos apenas si variaba cuando uno, casi siempre él, preguntaba y el otro respondía «Si», para desnudarse y explorarse en una noche de sexo, de pasión controlada al rescoldo añorante de viejas vibraciones; siempre del mismo lado de la cama.
La segunda noche, por lo menos de la que tenía recuerdos, le pareció sentir un sonido monocorde. Algo así como el ronroneo de un motor sordo y oxidado que gemía muy cerca de su oído. Cierto pánico inexplicable le impidió despertarse de inmediato y tardó toda una eternidad en abrir los ojos. Las manos le sudaban y en la piel le quedaba esa rara sensación de haber sido rozado por algo de consistencia indefinida.
Encendió la luz y el silencio nocturno ocupó cada zona de sus sentidos. Su mujer parecía la bella durmiente de un cuento grotesco, durmiendo de costado, con sus anchísimas caderas y esa espalda que la luz de la veladora agigantó contra la pared en una sombra maciza.
Se levantó. Examinó la casa encendiendo luces, corriendo cortinas y sillas, y se volvió a dormir aún más desconcertado.
Los días se fueron sucediendo casi idénticos. Aquel trabajo no le deparaba mayores sobresaltos, salvo los consabidos entredichos con su jefe. A la noche volvía a despertarse agitado, intuyendo la presencia de algo muy cerca que a veces ronroneaba o bostezaba, emitiendo un sonido gutural, indescifrable, o que olfateaba muy cerca de su oreja. En la piel siempre le quedaba esa sensación ignota: un leve sudor helado, la certeza de algo viscoso, quizá escamoso; y la enorme interrogante que le hacía galopar el corazón con un pavor e indefensión que lo volvía a la niñez.
Solía dormirse con los sentidos en alerta, como queriendo captar algo en la espesura de la noche, que se volvía interminable.
Se quitaba los lentes, los guardaba pulcramente en su estuche en el cajón de la mesa de luz, detrás del revólver que por precaución guardaba cargado al alcance de la mano.
Despertando sobresaltado, a veces con el corazón agitado sin un sentido aparente, y volvía a dormitar como el centinela de un puesto de campaña, intuyendo que será sorprendido por algo o por alguien, y que por más que lo intente el cansancio lo traicionará y el sueño será la oportunidad propicia para que su enemigo le tienda la emboscada.
A la mañana despertaba extenuado, agobiado por esa duermevela que le dejaba entumecido los músculos del cuello y la espalda, y la necesidad de un descanso reparador.
Cierta noche tuvo una premonición más certera. Intuyó la presencia de ese animal o bestia que él suponía enorme y con aspecto de sapo escamoso y babeante, y decidió no sobresaltarse. Abrió lentamente los ojos, como si estuviera regresando de un sueño placentero que no se quiere abandonar. Dejó que las cosas fueran tomando forma en medio de la oscuridad. Primero fueron contornos difusos. Escalas de negro dibujándose en lo negro de la madrugada, apenas salpicadas por un impreciso atisbo de luz llegado del exterior y que no conseguía perforar las persianas. Luego las formas cobraron mayor nitidez igual que si alguien hubiera calibrado un lente, enfocando mejor la imagen: era una forma grotesca, indefinida. Le pareció que hasta ampollada o plagada de granos o verrugas. Esta vez no roncaba ni gemía.
La tranquilidad de la noche le perforó los oídos. Tensó sus músculos, igual que un arquero su arma y en un movimiento seco taladró la oscuridad con la luz de la veladora.
Era su mujer que dormía, impávida, con esa imagen de bella durmiente grotesca y tonta. Se condolió de su paranoia. Fue hasta la cocina por un vaso de agua y al meterse en la cama se durmió pensando en cosas sin sentido.
A la mañana bostezaron a dúo. Ella en camisón, acodada al fogón de la cocina. El bebiendo su café que no logró despabilarlo por completo. Parecía una vela doblada por el calor de un verano sofocante, magullado y arrugado tras tanta tensión y vigilia. Al despedirse, le pareció percibir en sus mejillas cierta turgencia. Como si ciertas protuberancias se estuvieran aplacando. Le pareció oír cierto ronquido de moribundo, muy leve, apenas audible; pero lo escuchó.
Esas sensaciones lo persiguieron toda la mañana, junto con una pestilencia extraña que se le impregnó en la piel, y que el jabón ni el perfume pudieron borrar.
A la noche llegó más cansado que de costumbre. La corbata parecía una línea mal trazada, tambaleante y arrugada, pendiéndole del cuello. Los zapatos que daron tirados en el baño, abandonados con desprecio después que lo habían torturado durante todo el día. La camisa sobre la cama era un trapo arrancado por el viento.
Cenó como un rumiante resignado, con la vista hundida en el blanco de la heladera.
Se acostó sin cumplir con el ritual de dormitar frente al televisor. Prefirió la oscuridad del cuarto y la tibia compañía de la radio a la sucesión de imágenes y colores sin sentido del aparato que embrujaba a su mujer. Se fue durmiendo con la serenidad de un anciano sabio, y comenzó a viajar por un sueño donde dejaba el corazón y las entrañas en cada beso, caricia o mirada. Su amante era sin dudas la mujer perfecta. Las caderas de Julia, su primera novia. Las piernas de Mirna, aquella que lo abandonó cuando él estaba dispuesto a hacerse matar si fuera necesario, tan sólo para retenerla un día más en la cama. Las manos de Mariana, su compañera de trabajo, que lo sedujo sin proponérselo, y a la que nunca le dijo nada; y la pasión desenfrenada de Marcela, un amor adolescente e irrepetible.
No tenía, o no recordaba, su rostro. Sólo que era irresistible no tocar y besar aquel cuerpo.
De pronto el ronquido de moribundo sonó como un estampido en sus oídos, y ese olor a podredumbre le perforó la nariz como una puñalada a traición. De una contorsión convulsiva cayó de la cama dando con todo el cuerpo en el suelo. Rebotó y se incorporó como una pelota en el mismo instante que su mujer encendía la luz y en una mueca deformada le exhibió su lengua viperina de culebra en celo. Su cuerpo ampollado, plagado de incontables bultos escamosos, exhalaba una fetidez que invadió la habitación. La actitud de ese monstruo, que guardaba algunos retazos del cuerpo de su mujer, parecía pacífica, pero su sonrisa desafiante y el chasquido de la lengua que serpenteaba y se contraía en el aire, le helaba la sangre. Los músculos se le paralizaron y el corazón bombeando con tanta fuerza que apenas si podía sostenerse en pié.
La mujer sapo, o la bestia sapuna, porque de alguna forma tenía que definirla, se arrodilló en la cama. Tenía unos ojos enormes, desmesuradamente abiertos y sanguinolentos, como los de un conejo recién degollado. Las manos eran semi muñones, con dedos grotescos, unidos por una membrana deforme y arrugada. La boca apenas un tajo deformado de donde caía una papada rolliza acorde con el prominente vientre que le ocultaba casi por completo las piernas. La piel era de una consistencia indefinida. Por efecto de la luz, parecía un cuero grueso y rígido como un tambor tensado en exceso, pero del lado de la semipenumbra, parecía fofa, gelatinosa, de una consistencia viscosa casi a punto de putrefacción.
Ese instante pareció eterno para Ramón. Sus ojos no llegaban a comprender y dimensionar en lo que se había convertido su mujer.
Munido del coraje que nunca tuvo, prácticamente saltó hasta la mesa de luz para extraer el revólver y descerrajarle todos los disparos que le fuera posible. La bestia no tuvo tiempo de reaccionar, apenas si alzó un brazo para caer con medio cuerpo fuera de la cama, contorneándose en un escorzo que sus cortas extremidades no pudieron completar.
Ramón tiró el arma tras el último chasquido que le indicó que había agotado el cargador.
El cuerpo de la bestia temblaba en estertores esporádicos, emitiendo un ronquido de moribundo que se fue apagando, consumiendo el aire y la escasa luz. Ramón corrió al baño a quitarse la sangre de las manos y la cara, y se quedó frente al espejo sin mirar ni pensar en nada. Le pareció que fue tan sólo un segundo, pero en realidad fue mucho más que eso, y se sobresaltó con el golpeteo imperativo del zaguán. Dudó en abrir, pero al final franqueó la puerta al oficial de policía.
Intentó explicar pero fue en vano: en la cama yacía su mujer en medio de un lagunón de sangre.
Intentó excusarse, diciéndole que aquel enorme animal ampollado, babeante, y de lengua viperina, casi lo devoró, y que él solamente atinó a defenderse descargándole el arma a quemarropa. Era inútil toda explicación. En la cama yacía el cuerpo de su mujer con el camisón taladrado por las balas. Una mujer que al policía le pareció inofensiva, común, recordándole esas señoras que a diario se encontraba en la cola del mercado, en la calle con sus nietos, con su vida vulgar y en las antípodas de suponerse que podían morir de esa forma que el uniformado catalogó como pasional.
Es que cuesta creer que esas mujeres de batón floreado, con su bolso chismoso colgado del brazo como una prolongación del cuerpo, pueden generar historias sexuales, pasiones desenfrenadas, celos, o quién sabe qué, conjeturó el policía, para terminar tendidas en la cama con tantos disparos en el cuerpo como los de un combatiente que cae en medio del fragor de la batalla.
Ramón repitió la historia todas las veces que pudo. Frente al policía, al abogado defensor, frente al juez, y a viva voz cuando el fallo del magistrado lapidó su suerte y lo condujeron a la cárcel. Por supuesto que nadie le creyó.
Su nombre fue noticia, y su historia fue contada desde casi todos los ángulos posibles, con esa notoriedad de los hechos mediáticos. De la nada, de la ignorancia más insondable, ese perfecto desconocido llamado Ramón, con su apellido vulgar, y su pasado insulso, cobró notoriedad en una relevancia casi infame, sólo por esas veinticuatro horas de vida útil que tiene un diario. Después sólo un par de columnas esmirriadas se ocuparon de él, o escasísimos segundos televisivos y radiales, para volver a ese anonimato que constituyó su vida.
Acostado en la prisión, Ramón ya casi no meditaba. A veces fumaba hasta la madrugada. A veces sólo miraba el techo.
La vida en aquel recinto no era la mejor, pero la comida no era tan mala, apenas comida; y su compañero de celda apenas si hablaba. Podía ser peor.
Una noche, imprecisa de verano, su compañero dormía. Ramón apagó el cigarro y en la bruma del primer sueño le pareció estar durmiendo junto a un enorme animal, sudoroso, mezcla de insecto y batracio. Estiró la mano y no halló la mesa de luz.
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